En 1991 nacía en Adelaida (Australia) el grupo de artistas y activistas ciberfeministas VNS (VeNuS) Matrix.[1] Aunque consideradas habitualmente como las pioneras del ciberfemnismo, las VNS no hicieron probablemente sino darle nombre a un fenómeno que ya estaba «estaba en el aire» a principios de los noventa. Desde entonces este término se ha extendido rápidamente, no sólo se ha convertido en un asunto recurrente en numerosos foros de discusión y listas de correos y se han publicado numerosos ensayos sobre el tema, sino que al ser adoptado por muchas mujeres interesadas en la teoría y la práctica tecno, el ciberfeminismo se ha ido articulando como movimiento universal.
En 1997, se organizó la primera internacional ciberfeminista, celebrada en el Hybrid Workspace de la Documenta X de Kassel.[2] En consonancia con el carácter espontáneo y abierto que ha marcado - al menos en sus primeros años - el desarrollo de Internet, la reunión se planteó como una convocatoria pública, difundida a través de varias listas de correo; no es de extrañar que las participantes proviniesen de contextos tan diversos como el mundo de la programación, la gestión de sitios web, la creación artítica o las corrientes del pensamiento. A este encuentro le siguieron otros en los que se fueron consolidando líneas de reflexión y estrategias comunes.
Como era de esperar en un un fenómeno tan reciente y difuso, fueron emergiendo discusiones y debates en torno a la propia definición de ciberfeminismo, los que devinieron en una renuencia entre sus integrantes a establecer una definición unívoca y a mantener el concepto lo más abierto posible. Dan testimonio de ello las actas de los encuentros internacionales como algunos textos publicados en algunas listas de correo como Nettime o FACES en las que los calificativos asociados al vocablo ciberfeminismo - como: híbrido, nómade, espontáneo, no excluyente, anárquico, entre otros-, reflejan la inasibilidad del término. Fue precisamente durante la Primera Internacional Ciberfeminista que tuvo lugar en Kassel, Alemania, en septiembre de 1997, cuando se acordó no definir el término; y en su lugar se publicó un manifiesto redactado en varios idiomas bajo la forma de "cien antítesis" en las que se especificaba, no ya lo que el ciberfeminismo era, sino precisamente todo lo que no era: Cyberfeminism is not a fragrance, cyberfeminism is not a fashion statement, sajbrfeminizm nije usamljen, cyberfeminism is not ideology. [3]
No deja de ser llamativo el hecho de que muchas mujeres, que al mismo tiempo se autodenominaban ciberfeministas, repudiaran definir el ciberfeminismo. Para Faith Wilding [4] la contradicción se explica por la ambivalencia que despierta en las nuevas generaciones la historia del propio movimiento feminista. De hecho, es habitual encontrarse en muchas declaraciones ciberfeministas con una descalificación del feminismo «tradicional» o al «viejo estilo» (expresión con la que suele aludirse al feminismo de los setenta), como esencialista, excluyente, restrictivo, "políticamente correcto", e irrelevante para afrontar la situación de las mujeres en el mundo de las nuevas tecnologías.
Frente a la insistencia de las «viejas» feministas en definir una identidad común al «ser mujer» ignorando así muchas veces las diferencias entre las mujeres, numerosas ciberfeministas abogan por la diversidad y por la ruptura con un pasado feminista que viven como una suerte de pesado lastre.
Curiosamente, a pesar de este repudio del feminismo «histórico», muchas de las estrategias adoptadas por el movimiento ciberfeminista, tal y como se ha ido configurando hasta ahora, provienen directamente de las prácticas articuladas en los años setenta, como el marcado separatismo (la creación de listas de correo sólo para mujeres, grupos de autoayuda en línea, programas pedagógicos de formación en nuevas tecnologías impartidos por mujeres y dirigidos a mujeres...); la creación de imágenes de mujeres en la red que contrarrestan la difusión de ciertos estereotipos de la femineidad en el mundo digital; la reflexión constante sobre el cuerpo.
Con todo, estas propuestas de acción política, sin duda muy creativas, no dejan de entroncar con ese pasado que rechazan. Un rechazo problemático en la medida en que contribuye a reforzar algunos de los antiguos prejuicios y temores populares acerca del término «feminismo» e impide que muchas feministas puedan servirse de los aciertos políticos de generaciones anteriores. Como subraya Wilding: "Si las ciberfeministas quieren evitar de incurrir en las equivocaciones de las feministas del pasado, tienen que entender y analizar cuidadosamente la historia de la lucha feminista. Y si desean ampliar su territorio en la red y reflexionar sobre el fenómeno de la diferencia más allá de los límites generacionales, económicos, educativos, raciales, nacionales, y personales, deberán buscar coaliciones y alianzas con los diversos grupos de mujeres implicadas en el circuito global de las tecnologías."
La propia Wilding - artista destacada en el ámbito de la perfomance feminista en los años setenta y ochenta, y una de las pioneras en los años noventa de la exploración del potencial político de las nuevas tecnologías - es, de hecho, un ejemplo inmejorable de esa alianza fecunda entre pasado y presente; entre el «viejo» feminismo y el «nuevo» feminismo.
Incluso, en un contexto tan marcado por la velocidad y el cambio vertiginoso como es el del ciberespacio, la insistencia de algunas feministas en afirmarse como ruptura y hacer de la cualidad de lo «nuevo» un emblema resulta llamativo.[5] Probablemente el cultivo de obsesivo de la "novedad" no es sino un síntoma de la misma ideología del transcapitalismo que el ciberfeminismo pretende criticar, una ideología marcada por esa valoración de la obsolescencia, la velocidad, la simulación, la evanescencia y las promesas utópicas susceptibles de alimentar las ansias de consumo que tan bien encarna, por ejemplo, la política empresarial de Microsoft. «La cultura de la mercancía - señala Wilding - es siempre joven y hace incluso que el pasado reciente se nos aparezca como remoto y mítico.»
Esta mistificación de «lo nuevo» constituye toda una tradición en el arte contemporáneo.
Y, aun cuando el ciberfeminismo no es, desde luego, un movimiento artístico, sino un fenómeno cultural mucho más amplio,
desde el principio las artistas y las teóricas del mundo del arte han ejercido una gran influencia en las comunidades ciberfeministas. A este respecto, resulta interesante observar cómo muchas prácticas de las vanguardias - en particular, el dadaísmo como asimismo los distintos neodadaísmos que afloraron en la segunda mitad del siglo XX) parecen estar resurgiendo en el universo ciberfeminista: la proclamación de manifiestos, la imbricación de arte y política, el recurso a la irreverencia y a la provocación, la negación radical como forma de autodefinición, la práctica de la creación colectiva, el rechazo del entramado del mercado artístico.
En líneas muy generales, podría decirse que el ciberfeminismo ha de orientarse y se ha orientado, de hecho en dos direcciones fundamentales y estrechamente interrelacionadas: una vertiente más práctica, destinada a aprovechar los recursos que brindan los nuevos medios y a ampliar la participación de las mujeres en la sociedad de la información; y una vertiente más autorreflexiva, centrada en el análisis de las condiciones de su propia existencia.
Tejiendo redes de mujeres
Del objeto a la estructura reticular
La historia de creación de redes de mujeres en Internet cobra impulso en 1995, en el marco de la Cuarta Conferencia Internacional sobre la Mujer celebrada en Beijing. Como ha destacado Monserrat Boix: "Centenares de mujeres comprobaron de primera mano las posibilidades de las Nuevas Tecnologías de la Comunicación. Los correos electrónicos enviados a todo el mundo durante las sesiones permitieron acceder a la información a los grupos que no pudieron viajar a Beijing sin depender de los medios de comunicación tradicionales que, por otro lado, no se caracterizaron por la brillante cobertura del evento. Junto a la reivindicación del uso de la comunicación para el empoderamiento de las mujeres y la exigencia de la democratización de los medios se constató que existían otros caminos a explorar, un nuevo mundo por descubrir y ocupar, un mundo en el que quizás cabría la posibilidad de invertir valores y un espacio todavía sin manipular para poder utilizar en la lucha de las mujeres."
Otro aspecto que ha cambiado radicalmente con la aparición de Internet ha sido el de la creacion de revistas alternativas (las llamadas e-zines).
En un estudio muy citado [6] en la literatura de campo sobre el contenido visual y discursivo de ezines producidas por mujeres y grupos autogestivos femeninos, Krista Scott destaca que la red permite lanzar una revista de forma relativamente sencilla y a muy bajo precio sin la necesidad de plegarse a las servidumbres del mercado editorial. Dado que -en gran parte - estas revistas son directamente producidas por sus creadores, sin la intervención de editores o comités de redacción, se consigue una relación entre creador y lector mucho más fluida que en los medios habituales. Las ezines gozan además de una cualidad inexistente en las revistas en papel: la interactividad y la oportunidad de introducir en el texto hiper-referencias que incitan a una práctica de lectura más abierta, cruzada y no lineal. Según apunta Scott, para las mujeres, especialmente marginadas en el mundo académico y editorial - y aun en el ciberespacio -, todas estas nuevas posibilidades que brindan las revistas electrónicas resultan de gran importancia. En particular, Scott se refiere a tres ezines que trabajan en torno a la problemática del activismo y la política feminista:
Brillo, que difunde una visión más sofisticada y compleja de los enfoques feministas y sus debates; Girlrights, orientada a producir una "concientización" más visceral; y Riot Grrrl-style, dedicada a cuestiones de análisis político y académico. Su intención fue revisar de qué manera las teorías más difundidas sobre el ciberespacio - y en especial el ciberfeminismo- se relacionan con el contenido verbal/textual y visual/iconográfico de estos e-zines. Más concretamente, intenta mostrar qué tipo de mensajes trasmiten las mujeres en estos espacios, para definir a partir de allí futuras líneas de investigación sobre sus experiencias y posibilidades online. Como complemento del análisis del discurso de estas producciones, condujo entrevistas online con las creadoras de estas publicaciones para conocer los motivos que las llevaron a realizarlas y sus opiniones respecto de la cibercultura en general.
Estas experiencias pueden interpretarse como formas de resistencia cultural de mujeres feministas on line. Se caracterizan por una experimentación con el lenguaje, la selección de temáticas marginadas, de una estética provocadora y una intención de demostrar la importancia de que las mujeres asuman el control de la tecnología y sus herramientas. Recreando el mensaje de Virginia Wolf, muestran la necesidad política para las mujeres de poseer un “cuarto propio” -en este caso electrónico- para crear cultura.
El espacio propio en la red tiene la potencialidad no sólo difundir ideas, sino también de motivarlas a crear y mostrarlas al resto de los internautas, imaginando estéticas y propuestas políticas y éticas que confrontan hegemonías. Como dice Scott, más allá de haber ganado un espacio para tener voz, las mujeres están usando esa voz como una herramienta política para desmitificar el mundo de las computadoras y las tecnologías de información y sus ordenamientos simbólicos.
Pero si esas voces pueden hacerse oír, es sobre todo porque una revista digital es capaz de alcanzar un grado de difusión internacional sin precedentes en las publicaciones en papel (por muy buena distribución que estas tengan). Esto no sólo permite crear una comunidad transnacional de lectoras sino también de escritoras, fomentando la participación de mujeres interesadas por los estudios de género pero que carecen, en sus países de origen, de respaldo académico o editorial - es lo que ha ocurrido, por ejemplo, en los países de la Europa del Este para los que Interenet ha constituido un arma formidable de expresión y resistencia civil desde la caída del comunismo-. Podemos pensar que se trata de un primer paso -aunque en la práctica no siempre se haya conseguido- para intentar debilitar el imperialismo cultural del mundo anglosajón, un imperialismo al que no ha escapado ni mucho menos, la teoría feminista, ya que gran parte de la bibliografía de referencia, de los centros de estudio, de las revistas, etc., proceden de Estados Unidos o Gran Bretaña.
Cumplir este objetivo es, sin duda, una de las aspiraciones de Kathy Deepwell, creadora de n.paradoxa, una interesante revista online sobre teoría feminista y creación artística contemporánea de mujeres. Publicada con periodicidad cuatrimestral n.paradoxa tiene una clara vocación internacional. Podemos encontrar aquí desde un artículo sobre la estética de los sentidos en la obra de la artista de origen indio Chila Burman hasta una reflexión sobre el festival esloveno de arte de mujeres. Todas las secciones se enriquecen gracias a la aportación constante de sugerencias por parte de lectoras y colaboradoras. La revista deja así de ser un objeto cerrado y acabado para convertirse en una estructura reticular, una red que forma parte de otras redes.
Todas las iniciativas hasta aquí consideradas -como la creación de redes, organización de espacios de debate, edición de revistas online, etc.- se limitan a utilizar la infraestructura de Internet como medio de comunicación entre las mujeres, colaboradoras o activistas. Ello no implica en absoluto que carezcan de utilidad, pero sí que merma probablemente su eficacia política, en tanto que no hacen sino trasladar viejas formas de organización o difusión de ideas a otro tipo de entorno. Sin embargo, Internet no es simplemente una herramienta; forma parte de un cambio de horizonte histórico del que aún no somos plenamente conscientes, un cambio que implica una transformación tanto de los mecanismos del poder como, según observa Juan Luis Martín Prada [7], de nuestra relación con la tecnología:
Las nuevas máquinas con las que participamos de las nuevas redes de telecomunicación son productoras de constantes dependencias y de nuevos ensamblajes, de estrechas asociaciones. Frente a la antigua relación basada en el uso, en el cuidado y administración de la acción de la máquina, en su manejo, los principios que se ponen en marcha hoy establecen una relación ser humano-máquina basada en una comunicación interna y mutua. Se trata de sistemas en donde ambos elementos pertenecen a una misma lógica, al contrario de lo que acontecía en el pasado, donde uno respondía a la lógica del subyugado y la otra a la de la subyugación. Ahora se entrelazan por una peculiar forma de coexistencia lineal. Pasamos de ser los agentes al cuidado de su acción a convertirnos en partes constituyentes intrínsecas de ella. Lejos de depender su funcionamiento de los principios de la producción ahora entran en juego agregados y procesos de normalización y modulación, basados en transformaciones e intercambios de información.
También medios más antiguos como la televisión han sabido muy bien hacer que sus espectadores no sean ya sus consumidores o usuarios, sino el espacio de su propia existencia, engranajes exentos donde producirse.
Los medios no son más elementos de uso, sino que integran ahora las propias estructuras del habitar y de la producción de significados. La tecnología no colabora en la acción del vivir sino que es ahora el lugar donde ésta se desarrolla.
Para Deleuze el hecho de que la máquina técnica presuponga un ensamblaje social maquínico introducía otro punto de extrema importancia: el ensamblaje maquínico del deseo es también el ensamblaje colectivo de la enunciación. De ahí que aunque el enunciado pueda ser uno de sumisión o de protesta, siempre forma parte de la máquina.
Notas:
[1] Compuesto por Josephine Starrs, Julianne Pierce, Francesa da Rimini y Virginia Barrat. Al respecto Pierce afirmaba: "Cuando nosotras comenzamos a usar el concepto de ciberfeminismo, el término estaba apareciendo simultáneamente en otras partes del mundo. Era un fenómeno espontáneo que surgía en distintos lugares a la vez como respuesta a ideas como el ciberpunk, que eran muy populares en aquella época."
[2] Organizada por la asociación The Old Boys Network entre el 20 y el 28 de setiembre de 1997. Puede consultarse al respecto: Cyberfeminist international. From sept 20 to sept 28 1997 the first cyberfeminist international took place at documenta X in kassel in the hybrid workspace in the orangerie: <http://www.obn.org/kassel/>
[3] "100 anti-theses"; <http://www.obn.org/reading_room/manifestos/down/anti.rtf>
[4] Wilding, F, Where is Feminism in Cyberfeminism; <http://www.obn.org/cfundef/faith_def.html>
[5] La segunda internacional ciberfeminista (Rotterdam, 1990) se celebró bajo el lema: "Estrategias para un nuevo ciberfeminismo".
[6] SCOTT, Krista, "Girls need modems", Master Research Paper, York Unversity, 1998. Jill Arnold & Hugh Miller: Gender and Web Home Pages, Department of Social Sciences, The Nottingham Trent University. Paper presented as a poster at: CAL99 VIRTUALITY IN EDUCATION. The Institute of Education, London 28-31, March 1999, Volume 18, Number 1, , Winter 2000. Disponible en: <http://www.feministezine.com/feminist/education/Girls-Need-Modems.html>
[7] PRADA, Juan Luis Martín. El net.art, o la definición social de los nuevos medios <http://www.aleph-arts.org/pens/definicion_social.html>